LA NEUROBIOLOGÍA DEL APEGO SEGURO

“Una de las grandes falacias que muchos científicos tienen es que todo lo que es anterior al nacimiento es genético y todo lo que es después del nacimiento es aprendido. No es el caso. Hay más material genético en la corteza cerebral a los 10 meses. Mucho, mucho más que lo que hay al nacer. Los genes se están programando durante el primer año. No se detienen en el nacimiento. Y los genes que codifican las conexiones entre esas partes del cerebro que están surgiendo después, por tanto, están en un estado muy activo durante el primer año (…) La maduración es una experiencia dependiente. No es que los genes codifiquen todo lo que se va a integrar. Se necesitan cierto tipo de experiencias para que el cerebro crezca. Y las partes más importantes del cerebro que estamos observando que crecen durante el primer año en mi opinión son aquellas que están involucradas con las funciones emocionales y sociales del niño. Ésas son. Y están incrustadas en el vínculo de apego. Para que esas partes del cerebro crezcan, que son parte del sistema límbico involucrado en lo emocional, se necesitan ciertas experiencias, y esas experiencias están incrustadas en la relación entre el cuidador y el infante. Si son positivas, si están reguladas, tendremos una situación óptima, y literalmente la potencialidad de los genes será actualizada correctamente (…) Los sistemas genéticos que codifican las conexiones de las partes más altas del cerebro que participan en la función socioemocional (…) son afectados por las hormonas que son estimuladas en la relación entre la madre y el infante. Cuando la madre y el infante están en una danza diádica, cuando están sintonizados entre sí, sus sistemas psicobiológicos están literalmente co-regulándose entre sí, por ejemplo sus sistemas de endorfinas se están regulando entre sí mutuamente, y sabemos de hecho que los sistemas de endorfinas regulan a los genes (…) La relación de apego regula directamente el genoma, la manera en que los genes van a codificar, las proteínas, etc. Esto está lejos de la idea de qué es naturaleza y qué es crianza. Van juntos, y las primeras interacciones genes-medio se encuentran en la interacción psicobiológica entre la madre y el infante” (Allan Schore).

LA HABILIDAD INNATA DE LOS BEBÉS PARA IMITAR GESTOS (FELIPE LECANNELIER)

Felipe Lecannelier

El estudio de 1977 (Meltzoff & Moore, 1977)

En el primer estudio realizado los infantes tenían entre 12 y 21 días. En la primera situación experimental no existía un retraso en la generación de la conducta del bebé después de presentarle el estímulo. Los resultados evidenciaron que los infantes podían imitar 4 gestos diferentes de los adultos (“boca de puchero”, abertura de boca, sacar la lengua y movimiento secuencial de dedos). En una segunda situación experimental se testeó si los bebés podían imitar gestos faciales un tiempo después de haber presenciado el estímulo. Este segundo experimento fue absolutamente revolucionario ya que lo que pretendió demostrar era si bebés muy pequeños eran capaces de desarrollar algún tipo de “representación” o memoria del gesto percibido (recordemos que Piaget planteaba que la imitación diferida solo era posible desde el segundo año con la emergencia de las capacidades simbólicas). La situación experimental para mostrar esto consistió en que el investigador realizaba el gesto mientras el bebé estaba succionando un chupete, después el experimentador se detiene, expresa una cara quieta, espera unos segundos, le quita el chupete al bebé y observa si existe conducta de imitación. Sorprendentemente, los resultados evidenciaron que los infantes imitaban dos gestos (sacar la lengua y abrir la boca) después de que se les sacaba el chupete. Tal como elegantemente afirmaron Meltzoff y Moore:

“La habilidad de actuar sobre la base de representaciones abstractas de un estímulo perceptual ausente se convierte en el punto de partida del desarrollo psicológico en la infancia, y no su culminación” (Meltzoff & Moore, 1977, p. 78)

El estudio de 1983 (Meltzoff & Moore, 1983)

A pesar de lo sorprendente de las primeras evidencias de los estudios de Meltzoff & Moore, todavía existía un importante reparo que podía plantearse con respecto a su formulación de un tipo de mecanismo innato de imitación. La crítica es bastante simple y radica en que bebés de entre 12 y 21 días pudieron haber aprendido a imitar esos gestos a partir de la interacción con sus padres y otras personas. Si esto es así, entonces se esperaría que neonatos no fueran capaces de imitar. Tal como lo plantearon Meltzoff & Moore en aquella época:

“Los resultados de nuestro estudio de 1977 no concluyeron de manera definitiva la hipótesis de que la habilidad para imitar está presente desde el nacimiento. Uno todavía podría que o (a) las precoces habilidades de imitación se aprendieron a través de las intrincadas relaciones entre madre e infante o (b) que dependen de un mecanismo postnatal de maduración del sistema visual, el sistema motor, o la habilidad de coordinar estos dos sistemas” (Meltzoff & Moore, 1983, p. 703)

Entonces el estudio de 1983 se realizó con bebés de 72 horas (el menor tenía 42 minutos de vida). Se modificaron ciertas condiciones experimentales para adaptarse a bebés muy pequeños. Este cambio implicó que dado que los bebés eran muy pequeños el experimentador alternaba entre 20 segundos de gesto y 20 segundos de cara quieta, ya que los bebés a esa edad no pueden estar alertas mucho tiempo. Los resultados arrojaron que más del 70% mostró conductas de imitación (especialmente abrir la boca y sacar la lengua).

Aunque parezca difícil de aceptar, estos estudios demuestran que las habilidades de imitación directa y diferida están presentes desde el nacimiento. (…)”

Lyra, de una hora de edad, imita un movimiento facial de su padre.


Lecannelier, Felipe (2006). Apego e Intersubjetividad. Santiago de Chile: LOM Ediciones, pp. 116-117.

FUNCIÓN DEL OBJETO Y TRANSMISIÓN DE LOS CONTINENTES FORMALES EN EL ETNOPSICOANÁLISIS (TOBIE NATHAN).

Tobie Nathan, etnopsicoanalista, trabaja en Francia con pacientes inmigrantes de África, Asia, las Antillas, etc.

“Las terapias tradicionales requieren poca intervención del lenguaje pero hacen intervenir mucho a los ritmos (poéticos y musicales), las imágenes, los objetos. Me detendré especialmente en la utilización de objetos porque los terapeutas occidentales quedamos perplejos ante ella. Pacientes que en el trabajo psicoterapéutico se muestran particularmente activos y creativos en sus elaboraciones conservan, sin embargo, un amuleto alrededor del cuello, una colección de gri-gri [1] alrededor de la cintura o, cuidadosamente guardado en el monedero, un viejo talismán donde se mezclan un texto del Corán con sal bendita y semillas de coriandro. Al principio nos preguntábamos como podían coexistir, en una misma psiquis, mecanismos tan sutiles como los que percibíamos en las elaboraciones psicoterapéuticas, con una credulidad de apariencia infantil. Ahora bien, el objeto utilizado en las terapias tradicionales condensa en una representación inmediata el truco particularmente ambiguo del proceso transferencial.

Los pacientes son totalmente conscientes del carácter ilusorio y simbólico del objeto. El collar de gri-gri protege porque lo hizo un poderoso fabricante de amuletos y también por sus características intrínsecas (alimento picante, planta venenosa, representación de divinidades temibles, etc.). Entonces, el objeto contiene el recuerdo de la relación mantenida con el que lo elaboró, fabricó, vendió y la afirmación de que esta relación puede representarse también en el registro de la realidad material, stricto sensu objetivada, pues la principal característica del objeto es la de ser un trozo de materia y, por ende, poseer vida propia.”[2]

LA TRANSMISIÓN DE LOS CONTINENTES FORMALES

“Aunque sus premisas se hayan formulado hace ya mucho tiempo, los psicoanalistas comenzaron a analizar seriamente el problema de los continentes hace dos décadas. Anzieu desarrolla esta problemática en uno de sus últimos artículos. Parte de la constatación de que algunos pacientes, con patologías límite o en momentos particularmente intensos de sus psicoanálisis, nos refieren algunas imágenes “obsesivas” acompañadas de sensaciones (y, algunas veces, de formulaciones extrañas como el Pôor (d) j’e-li del paciente de Serge Leclaire) que nos cuesta mucho integrar en nuestras representaciones habituales del aparato psíquico. La definición de este tipo de comunicación parece muy problemática si nos limitamos a las construcciones teóricas a nuestro alcance. D. Anzieu propone llamar a estas imágenes “significantes formales”. No estoy de acuerdo con el término “significante” –sobre el que el propio Anzieu duda-, ya que, por un lado, estas formas radicalmente extrañas al universo lingüístico se refieren a la percepción del espacio, sensaciones corporales, ritmos y objetos y, por otro, porque pueden –aunque con mucho esfuerzo, ser transmitidas por el lenguaje en ciertos casos (el propio Anzieu da algunos ejemplos) (…)

Muchas de las formas descriptas por Anzieu evocan de modo indiscutible los mecanismos de la magia, como los que observamos en la clínica etnopsiquiátrica. Entre estas imágenes –que, recordémoslo, el paciente evoca a través de una frase intransitiva- podemos enumerar, casi al azar: “un eje vertical se invierte”, “un apoyo se deshace” (en el mundo de la magia es clara la representación de la caída y bien sabemos la importancia de esta noción en el ataque de los espíritus); “se atraviesa un cuerpo sólido” (el “marabutaje”, una especie de trabajo de aficionado en hechicería que aparece, por ejemplo, en las etiologías africanas de ataques a distancia por medio de agujas clavadas en el hígado); “un objeto aparece y desaparece”[3] (en las técnicas de videncia o de manipulación de maleficios); “un guante se da vuelta” (fórmula que resume casi por sí sola la lógica de inversión que funciona en los rituales de posesión); “mi doble me abandona o me controla” (se halla en la utilización de estatuitas mágicas); “mi sombra me acompaña” (múltiples teorías de la sombra y del doble en las etiologías tradicionales); “un objeto que se aproxima me persigue” (corresponde a las representaciones clásicas del ataque de un brujo caníbal), etcétera.

Un último argumento me lleva a rechazar el término “significante” y la asimilación de estas formas al universo lingüístico. Si buscamos precisión, no se trata de formas sino de lógicas de transformación de formas. La sonrisa es el ejemplo más simple de esto. El desencadenante “sonrisa” no está constituido por la forma “boca con hendidura” sino por la lógica de transformación: “Una superficie puede transformarse en cavidad”, “Los labios pueden transformarse en una boca abierta que deja ver los dientes”. Éste es el tipo de lógica de transformación que se encuentra en los continentes formales propiamente dichos.

Para retomar esta noción de modo sistemático y sobre la base de la experiencia de observaciones clínicas realizadas durante la investigación clínica en etnopsiquiatría debemos elegir el término “continentes formal” y no “significante formal”.

Las características de los continentes formales pueden definirse del siguiente modo. En primer lugar, los continentes formales se asemejan más a objetos, ritmos e imágenes que a palabras. Además, constituyen continentes, es decir que no son combinables, pero permiten combinaciones de fonemas o de elementos más complejos. Si se quiere forzar su introducción en el universo lingüístico, estos continentes estarían más cerca de léxicos o paradigmas que de “significantes”. Es más, se perciben como modificaciones de la estructura corporal y son vehiculizados por movimientos corporales casi siempre imperceptibles a simple vista (ritmos, posiciones del cuerpo, tics, mímica, etc.). (…) Por otra parte, estos continentes formales constituyen probablemente la materia de los primeros intercambios entre la madre y el bebé (…)

G. Rosolato ubica lo que llama “significantes formales” en el origen de procesos de “identificaciones arcaicas”: “Hay entonces allí una zona de identificación recíproca, propiamente somática y táctil”. En lugar de identificación, sería pertinente hablar de mimetismo o mejor aún de transmisiones lógicas. Pues, ¿cómo comprender sin estas precisiones que si se guiñan los ojos delante de un gato, él también se pone a guiñarlos? ¿Se debe hablar de identificación entre un humano y un gato? La noción psicoanalítica carecería, entonces, para mí, de sentido.

Volvamos por un momento al ejemplo clínico anterior. La madre transmite corporalmente al niño una forma que se podría expresar así: una estructura ha perdido su envoltura. Podemos constatar esta noción en el video de la sesión, tanto en la agitación psicomotriz de Iphigénie [mujer de 32 años de edad, de origen cabileño, con una psicosis puerperal, patología psiquiátrica frecuente en el posparto, y que dice haber sido víctima de un maleficio] como en la imposibilidad de Mohand [su hijo, nacido hace no mucho] de encontrar un punto de apoyo estable en el cuerpo de su madre. Mohand reacciona de manera mimética y desarrolla una excitación tan frenética como la de su madre. Algunos bebés, al contrario, se fijan en una actitud desafectiva (muñeca de plástico). Es como si el cuerpo del niño hubiera respondido por una actitud que podríamos caracterizar como una envoltura vacía, forma que la madre percibe a su vez.

A la transmisión de un continente formal, el receptor puede responder de varias maneras: de manera mimética (el cuerpo del niño repite la forma transmitida por el cuerpo de la madre); de manera simétrica (el cuerpo del niño invierte la inducción formal de la madre); de manera complementaria (el cuerpo del niño llena el vacío lógico de la forma transmitida por la madre); de manera analógica (el cuerpo del niño opera una comparación entre la forma inducida por el cuerpo de la madre y otra estructura corporal). (…)

Hemos encontrado en las terapias tradicionales algunos continentes formales identificables también en las interacciones madre-bebé[4] como, por ejemplo, la inversión (adentro-afuera, cáscara-carozo), la apertura/cerramiento (la risa y la angustia), la pérdida de los límites (engordo al infinito/me achico hasta volverme un punto en el espacio)…

Evidentemente, si recibimos un paciente cuya patología está organizada por una demanda de continente formal y le respondemos con la escucha, particularmente dual, esperando que se constituya un sentido, nos instalamos en el medio de un malentendido o, en el peor de los casos, en una interacción sadomasoquista que terminará con frecuencia en pasajes al acto de una u otra parte. Porque si bien es cierto que la escucha puede ser libre, flotante, analítica, lo es porque está precedida de una serie de inducciones formales que le organizan un campo en el que se desarrollará, semejantes a las inducciones formales de la madre que constituyen un lecho para los afectos en formación del niño (…) Cuando un paciente presenta una neurosis y yo respondo por una inducción formal diván-sillón, procedo a una operación lógica que no es de naturaleza diferente de la del curador que, en respuesta a la demanda de su paciente, le ofrece un talismán formado por elementos heterogéneos y benéficos. Los contenidos no pueden ser comparados, pero sí el hecho de prescribir un continente de la misma naturaleza lógica que la supuesta patología, que va a informar la lógica de la patología del paciente.”[5]


[1] Gri-gri: palabra usada en África y en las Antillas para designar un amuleto.

[2] Nathan, Tobie (1999). La Influencia Que Cura. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p. 49.

[3] Esta lógica se encuentra en el conocido juego del fort-da estudiado por S. Freud en Más allá del principio del placer, y nos remite también al concepto de “objeto transicional” de D. Winnicott. (Nota del Blogger).

[4] Algunos de estos elementos han sido estudiados por el eminente psicólogo chileno Felipe Lecannelier en su libro “Apego e intersubjetividad”. (Nota del Blogger).

[5] Nathan, Tobie (1999). La Influencia Que Cura. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, pp. 58-61.